En la previa de la Cumbre Cielos Abiertos, organizada por Catedral de la Fe, el viernes 14 de agosto se realizó un encuentro que reunió a creadores de contenido y comunicadores digitales junto a Ezequiel Fattore, pastor de Casa en Miami, y Alex Shute, de OneHope. La jornada abordó la expansión de la Iglesia online, la construcción de comunidades digitales y las nuevas estrategias para comunicar el Evangelio en un escenario atravesado por las redes sociales y las nuevas tecnologías.

La Iglesia ya no puede pensar el mundo digital solamente como un lugar donde transmitir lo que sucede en un templo. Las plataformas se transformaron en espacios donde las personas se relacionan, buscan respuestas, comparten experiencias y construyen comunidades. Desde esa perspectiva se desarrolló, el viernes 14 de agosto, una reunión de creadores de contenido y comunicadores digitales en la previa de la Cumbre Cielos Abiertos, organizada por Catedral de la Fe.

El encuentro tuvo como protagonistas a Ezequiel Fattore, pastor de Casa Church en Miami, y Alex Shute, de OneHope, quienes compartieron experiencias, desafíos y herramientas para quienes desarrollan contenidos con una mirada puesta en alcanzar a las nuevas generaciones.

La conversación partió de una pregunta que atraviesa buena parte de la experiencia de Fattore: ¿cómo puede una persona que nunca va de manera presencial a una iglesia vivir una experiencia de Iglesia desde la digitalidad?

A partir de ese interrogante, Casa comenzó hace aproximadamente 15 años a experimentar con el concepto de Iglesia online, en una época en la que la propuesta todavía generaba fuertes cuestionamientos dentro del ámbito cristiano. La llegada de la pandemia terminó demostrando el valor de aquella experiencia previa: mientras muchas congregaciones tuvieron que comenzar desde cero a relacionarse con las audiencias digitales, ellos contaban con años de aprendizaje.

Pero el objetivo nunca fue simplemente transmitir una reunión. La búsqueda fue construir una comunidad capaz de generar experiencias de fe en el entorno digital.

Una Iglesia que se anima a experimentar

Fattore relató que su recorrido estuvo marcado por la experimentación y por la decisión de perder el miedo a equivocarse. Esa actitud permitió que surgieran experiencias que inicialmente podían parecer impensadas, como los bautismos coordinados a través de Zoom.

La propuesta consistía en que la persona que quería bautizarse buscara a un familiar o amigo que pudiera acompañarla físicamente durante el bautismo, mientras desde la comunidad online se oficiaba y acompañaba el momento.

El resultado terminó siendo mucho más significativo de lo que el propio equipo esperaba. En lugar de tratarse simplemente de una experiencia virtual, aparecieron escenas profundamente familiares: una abuela bautizando a su nieto, un amigo acompañando a otro amigo o un esposo participando del bautismo de su esposa.

Aquella experiencia confirmó para Fattore una convicción: la innovación no consiste en acertar siempre, sino en animarse a probar.

Por eso, al hablar sobre el futuro de la Iglesia, propuso abandonar la imagen de instituciones que solamente conservan modelos del pasado y recuperar la idea de la Iglesia como un “laboratorio”, un lugar donde sea posible experimentar nuevas formas de comunicar y construir comunidad.

En contraposición a las iglesias que pueden transformarse en “museos”, Fattore sostuvo que las comunidades deberían ser espacios donde se prueben caminos para el futuro.

Calidad, contenido y comunidad

A la hora de pensar la comunicación digital, Fattore organizó su exposición alrededor de tres palabras: calidad, contenido y comunidad. Aunque aclaró que el orden real de importancia sería inverso, comenzó por la calidad porque es uno de los primeros interrogantes que suelen aparecer cuando una iglesia decide ingresar al mundo digital: qué cámaras utiliza, qué equipos tiene o cómo produce sus transmisiones.

Para el pastor, la calidad sí importa. “Cuando crees algo, crea algo lindo”, planteó, destacando la importancia de cuidar el diseño, la estética y cada detalle de una producción.

No se trata simplemente de contar con tecnología de última generación, sino de desarrollar una mirada estética para comprender qué hace que un contenido resulte agradable y profesional. El proceso implica aprender, estudiar, probar y volver a empezar.

Fattore resumió ese camino con una dinámica propia de cualquier creador: “crear, crear, crear; probar, probar, probar; fallar, fallar, fallar”, entendiendo que cada error puede convertirse en una instancia de aprendizaje.

La calidad, además, debe estar relacionada con la audiencia. El ejemplo que compartió a partir de una experiencia laboral con American Express le permitió explicar que cada público tiene un determinado nivel de expectativa y que, si aquello que se ofrece no está a esa altura, difícilmente se logre conectar.

Por eso, el desafío para los comunicadores cristianos es elevar permanentemente la calidad de sus producciones sin perder de vista el propósito.

Crear pensando en quién está del otro lado

El segundo eje planteado por Fattore fue el contenido. En este punto, una anécdota relacionada con una predicación y un comentario sobre Shakira se convirtió en una pregunta para todos los creadores: ¿qué pasaría si aquello que publicamos llegara realmente a la persona a la que estamos hablando?

La reflexión lo llevó a plantear que quienes producen contenido deberían comenzar hoy a comportarse como las personas que esperan llegar a ser mañana, cuando Dios pueda ponerlos “en la luz” de un lugar de mayor exposición.

El desafío, entonces, no es producir pensando únicamente en quienes ya siguen una cuenta, sino preguntarse permanentemente qué ocurriría si ese contenido alcanzara nuevos públicos.

De allí surge una de las preguntas centrales de su exposición: “¿Hago contenido cristiano o soy un cristiano que hace contenido?”.

Para Fattore, la diferencia es fundamental. Encerrar la producción dentro de la categoría de “contenido cristiano” puede limitar el alcance del mensaje. En cambio, ser un cristiano que crea contenido permite abordar diferentes temas desde una identidad de fe, sin necesidad de que cada publicación deba utilizar explícitamente un lenguaje religioso.

El ejemplo de Switchfoot reforzó esa idea. Al recordar una frase del cantante John Foreman, Fattore señaló que Jesús no vino a morir por las canciones de un artista, sino por la persona. Por eso, la identidad cristiana está en quien comunica y no necesariamente en que cada contenido tenga que ser etiquetado como cristiano.

“No le hablás a cristianos, le hablás a humanos”

Uno de los momentos más fuertes de la charla apareció cuando Fattore habló del lenguaje.

“No le hablás a cristianos, le hablás a humanos”, afirmó, planteando que el Evangelio debe poder ser comprendido también por quienes jamás tuvieron contacto con la Biblia o con una iglesia.

Para explicar esta idea, señaló que Jesús hablaba el lenguaje de las personas de su tiempo. Desde allí planteó que los comunicadores actuales tienen el mismo desafío: conocer cómo hablan, qué consumen y qué preocupaciones tienen las personas que están del otro lado de la pantalla.

La comunicación no debería generar la sensación de que existe una “segunda clase” para quienes no conocen los códigos internos de la Iglesia.

Fattore explicó que en Casa tienen una frase que resume esa filosofía: “Nunca te vamos a hacer sentir que llegaste a la segunda clase”. El objetivo es que quien entra por primera vez pueda comprender el mensaje sin sentirse excluido por no conocer previamente determinadas expresiones o referencias bíblicas.

En definitiva, la pregunta para cada comunicador debería ser si aquello que está produciendo le sirve a un ser humano que no necesariamente comparte su misma fe.

La vulnerabilidad también comunica

La autenticidad fue otro de los grandes temas de la jornada.

Frente a un ecosistema digital donde abundan las imágenes de vidas perfectas y personas que parecen tener respuestas para todo, Fattore destacó el valor de comunicar desde la vulnerabilidad y desde experiencias reales. “La gente admira tus fortalezas, pero conecta con tus debilidades”, explicó.

La vulnerabilidad no implica convertir la comunicación en una exposición permanente de la intimidad, sino comprender que las experiencias personales pueden otorgarle profundidad a aquello que se comunica.

Hablar del perdón, por ejemplo, no tiene el mismo peso cuando se hace desde una definición teórica que cuando quien comunica atravesó realmente un proceso de perdonar a alguien que lo hirió.

Por eso, Fattore destacó que la audiencia puede percibir cuando una persona habla desde algo que verdaderamente vivió.

El medio también forma parte del mensaje

La reflexión sobre la comunicación también alcanzó a la relación entre el mensaje, el medio y quien lo transmite.

Fattore explicó que el medio no es un elemento neutro y que la experiencia de quien comunica termina modificando aquello que recibe la audiencia.

Para graficarlo, planteó una misma frase dicha por un adolescente de 12 años y por una abuela de 90: ambos podrían decir que “lo mejor está por venir” y que “Dios va a sostener” a una persona atravesando una crisis, pero el impacto sería diferente porque la historia de quien transmite esas palabras también forma parte del mensaje.

Así, la experiencia personal se transforma en una dimensión fundamental de la comunicación.

La vulnerabilidad permite justamente “entrar por la ventana” a determinados temas, generar identificación y abrir la posibilidad de que el receptor escuche algo que, presentado de manera exclusivamente teórica, quizás rechazaría.

Una generación que exige autenticidad

Fattore también se refirió a los cambios generacionales y a las nuevas formas de relacionarse con la Iglesia.

Particularmente, destacó algunas características de la Generación Z, que, lejos de abandonar necesariamente la búsqueda espiritual, está mostrando nuevas formas de acercarse a la fe y a las comunidades.

El desafío para la Iglesia consiste en comprender esas nuevas maneras de vincularse sin caer en una confrontación generacional.

No se trata de construir un “nosotros contra ellos”, sino de aprender a escuchar y comprender a quienes utilizan otros lenguajes, plataformas y códigos culturales.

En ese sentido, Fattore llamó a evitar una comunicación que se base en la confrontación y la burla hacia quienes piensan diferente. Una publicación que ridiculiza al otro difícilmente consiga acercarlo a la fe.

Una voz que debe unir

La comunicación digital también plantea una enorme responsabilidad para quienes tienen influencia.

Fattore cuestionó las estrategias basadas en la burla, la confrontación o la agresividad contra quienes piensan diferente. Según explicó, ese tipo de comunicación puede fortalecer a quienes ya forman parte de una comunidad, pero difícilmente consiga acercar a quienes están afuera. “La violencia lo único que hace es perpetuar tu base y alejarte de los otros”, sostuvo.

Desde una perspectiva cristiana, propuso que la influencia debería tener como objetivo unir. La tarea del comunicador no consiste en convencer por la fuerza ni en imponer su opinión, sino en acercar a las personas a Dios y permitir que cada una pueda atravesar su propio proceso.

En esa línea, Fattore remarcó que Jesús podía encontrarse con personas de procedencias y posiciones completamente diferentes. Su comunicación no estaba limitada a quienes pensaban como él.

Por eso, el contenido debería funcionar como un puente y no como una barrera.

Alex Shute: invertir en personas antes que en proyectos

Las reflexiones de Ezequiel Fattore se complementaron con la experiencia de Alex Shute, de OneHope, quien abrió la charla poniendo especial énfasis en la necesidad de acompañar a los nuevos creadores digitales.

Desde su experiencia, el trabajo con contenidos no debería comenzar solamente preguntando qué proyecto puede desarrollarse, sino quién es la persona que está detrás de esa idea.

Shute destacó la importancia de acompañar a quienes ya comenzaron a crear, probaron, fallaron y volvieron a intentarlo. El objetivo es identificar aquello que Dios está poniendo en el corazón de una nueva generación y ayudar a que pueda desarrollarse.

La misión digital, en este sentido, no puede reducirse a perseguir números, seguidores o visualizaciones. El ministerio comienza con las personas, con sus historias, sus capacidades y aquello que pueden aportar desde sus propios contextos.

Contenido local para una misión global

Otro de los ejes aportados por Shute fue la importancia de comprender las culturas locales.

La expansión digital permite que un contenido pueda viajar de un país a otro en cuestión de segundos, pero eso no significa que deba ser producido de la misma manera para todos.

Muchas veces son los propios creadores locales quienes mejor conocen el lenguaje, las preocupaciones y los códigos culturales de las personas a las que quieren alcanzar.

Por eso, la estrategia no consiste solamente en traducir contenidos, sino en dar lugar a creadores capaces de comunicar desde su propia realidad.

Esta mirada permite pensar una misión global sin perder la identidad local: un mismo mensaje puede encontrar diferentes formas de expresión de acuerdo con la cultura de cada audiencia.

De la pantalla a la comunidad

Otro de los desafíos planteados durante el encuentro fue evitar que la experiencia digital quede aislada de la vida comunitaria.

La propuesta apunta a generar un puente entre los contenidos online y las iglesias locales, de manera que las personas que llegan a través de una publicación, un video o un mensaje puedan encontrar posteriormente espacios concretos de acompañamiento.

Las redes pueden convertirse en una puerta de entrada, pero la construcción de vínculos requiere acompañamiento, comunidad y relaciones reales.

De esta manera, la Iglesia online no aparece como un reemplazo automático de la iglesia presencial, sino como un nuevo espacio donde también pueden comenzar procesos de fe y donde las personas pueden encontrar conexiones que luego se profundicen en diferentes ámbitos.

Crear para una persona, no para una estadística

Tanto las reflexiones de Fattore como las de Shute coincidieron en una idea: el propósito no puede quedar subordinado a los números.

Seguidores, reproducciones, alcance e interacciones pueden ser indicadores útiles, pero no deberían reemplazar la pregunta fundamental: ¿a quién se quiere alcanzar?

El desafío consiste en mirar más allá de las estadísticas y recordar que detrás de cada pantalla hay una persona concreta.

Un creador puede tener miles o millones de visualizaciones, pero la misión sigue teniendo sentido cuando ese contenido logra llegar a alguien que necesitaba escucharlo.

Una Iglesia llamada a leer los tiempos

El encuentro realizado  como antesala de la Cumbre Cielos Abiertos, dejó planteado un desafío que va mucho más allá de las redes sociales.

La pregunta ya no parece ser si la Iglesia debe tener presencia digital, sino cómo construir una presencia verdaderamente significativa.

Calidad, contenido y comunidad; innovación, vulnerabilidad y lenguaje; identidad, cultura y propósito aparecen como elementos de una misma conversación.

El desafío es que cada creador pueda comprender que detrás de cada pantalla existe una persona y que detrás de cada número hay una historia.

En palabras de Fattore, la Iglesia está llamada a dejar de ser un museo para convertirse en un laboratorio: un espacio donde se pueda experimentar, aprender de los errores y buscar nuevas maneras de comunicar un mensaje que, en cada generación, necesita encontrar el lenguaje adecuado para llegar al corazón de las personas.

Y en ese escenario, los creadores de contenido y comunicadores digitales tienen por delante una tarea decisiva: llevar el Evangelio allí donde las personas ya están, hablar un lenguaje que puedan comprender y construir comunidades capaces de trascender la pantalla.

Foto: Daniel Gonzales

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *