Share on X (Twitter) Share on Facebook“Hay noticias que detienen el tiempo, y la mía llegó con un nombre complejo: Cáncer de páncreas. En un instante, el mundo se volvió incierto y las estadísticas intentaron adueñarse de mi futuro. Pero mi historia no estaba escrita en un diagnóstico, sino en la fuerza de mi espíritu”, recuerda Martín Ruíz, pastor músico y emprendedor. Su historia cambió para siempre el 29 de abril de 2025. Lo que empezó con una orina color naranja y una hinchazón intestinal terminó en una internación de casi dos meses. Lo internaron en el Hospital Sirio Libanés, en Villa Devoto, CABA. El diagnóstico, luego de varias tomografias con contraste, ecografias y una ecoendoscopia, fue un tumor maligno neuroendocrino en el páncreas. “Antes de que el miedo pudiera entrar en mí, yo tomé una determinación: Yo decidiría cómo iba a morir”, señala Martín. El camino no fue fácil. Hubo días de silencio, de estudios interminables y de enfrentar miedos que no sabía que tenía. En la inteligencia emocional se dice que el dolor no es opcional, simplemente aparece; pero el sufrimiento es opcional. Él elegió no sufrir; elegió aceptar el dolor y gestionarlo para cumplir el propósito por el cual Dios le permitió entrar en ese hospital. Porque le había enseñado que debía morir con las botas puestas. Y entendió que, cuando cruzó la puerta del hospital, no entró como un enfermo, sino como un mensajero del Reino de los Cielos. Con esa mentalidad, se dedicó a predicar en los pasillos oncológicos y a cada enfermo le entregaba una verdad eterna: “Dios no vino a sanar a todos, pero sí vino a salvar a todos”. De este modo les hacía entender que su mayor enemigo no era el diagnóstico, sino sus propios pensamientos y el miedo a morir. Ese día 20 personas se entregaron a Cristo. El milagro fue inmediato: en 48 horas, algunos mejoraron inexplicablemente y se fueron de alta, mientras que otros partieron al cielo en paz, obteniendo la victoria absoluta. El 19 de mayo de 2025 lo sometieron a una pancreatectomía. Antes de la anestesia, bendijo a los cirujanos y los “obligó” a recibir a Cristo. Sabía que su vida estaba en manos de Dios, pero el médico fue claro con su esposa, su papá, su suegro y su pastor: “Si su páncreas no reaccionaba en 48 horas, yo moriría”. Esas primeras 48 horas en terapia intensiva fueron literalmente como estar en el infierno. “Experimenté como mi visión se alejaba, como si mirara todo desde una pequeña escotilla rodeada de una oscuridad total y negra. El ambiente era aterrador: los lamentos, llantos y gritos de los otros enfermos conscientes sonaban como almas perdidas sufriendo sin descanso”, confiesa. “El espíritu de muerte daba vueltas por la sala. Estuve en el valle de sombra y de muerte, viviendo en carne propia lo que el Salmo 23 describe y sintiendo, metafóricamente, el lanto y crujir de dientes”. Pero su propósito no había terminado. A las 48 horas exactas, su páncreas comenzó a reaccionar. Salió de terapia intensiva después de 7 días, habiendo perdido 20 kilos en la batalla. Tras el alta a mediados de junio, comenzó una lenta y profunda recuperación en su casa, paso a paso, sostenido por la mano de Dios. Hoy, la victoria es total. Los estudios PET realizados en marzo de este año dieron el resultado esperado: “No se detecta ninguna actividad cancerígena neuroendocrina en su cuerpo”. Los mismos médicos, asombrados por la evidencia científica y espiritual, lo han sentenciado: “Es un milagro caminando”. “Hoy soy testigo de que la fe y la gestión de nuestras emociones pueden cambiar cualquier diagnóstico. De que mientras tengas propósito divino por cumplir, Dios no va a dejar que nos vayamos de este mundo. No importa la circunstancia: yo sigo con las botas puestas”, asegura Martín. “En la actualidad mi vida es una canción de victoria. Me dedico a componer temas musicales para personas que están pasando por situaciones críticas, recordándoles que hay esperanza. Formé la Q.Q.D. Band para llevar este mensaje con fuerza”, asegura el músico. “Ahora visito hospitales, recorro las calles, entro en los bares y voy a donde nadie quiere ir, para contar lo que viví. Porque sigo con las botas puestas, pero ahora, mi voz y mi música son las que anuncian que Dios siempre tiene la última palabra”. Navegación de entradas Cuando las redes sociales se convierten en una red de ayuda